Querido Dios

 

Por: Xavier Colamarco.

Perdona que te moleste, no soy muy devoto, así que digas “que bestia como reza»,  pero ya no sé a quién acudir, y necesito entender algo.  Sí,  yo se que siempre eres la última persona a la que acudimos.  Pero bueno, por algo yo soy quine soy, y tú …. bueno tú eres Dios.

Ya nadie me escucha, y siento que cada vez que voy a intentar tratar el tema de esta carta, todos me miran con cara de «ya viene este man con «me fui a la Antártida» Que pesado!».  Ya creo que aburrí hasta a mi prima de dos años, que por lo menos mientras hablo, no sale corriendo, todavía no puede.

Como intuyo andarás un poco ocupado, ¿Qué te parece si me presento y te pongo en contexto?  De una disculpa el desorden de esta carta, es directo fruto del que reina en mi cabeza, llena de preguntas sin respuestas.

Mi nombre es Xavier Colamarco, soy documentalista y acabo de regresar de la XIX expedición ecuatoriana a la Antártida.  Allí estuve trabajando en un plan de difusión del proyecto antártico ecuatoriano, para que «el fontanero» (como dice mi jefe) sepa de la Antártida y de los beneficios que nos traerá a los ecuatorianos, a mi gente.

Esto se va a conseguir con la emisión en la franja Educa (más 168 canales) de 8 programas de 10 minutos cada uno.  Sé que sabes contar, pero no deja de impresionarme que durante 8 semanas va a estar este tema en una franja, que maneja más de 168 canales de televisión!  No tenía ni idea de que hubiese tantos canales en Ecuador, como sabes somos un país chiquito, por eso 168 canales, me parecen un mundo de canales.

Hasta aquí, bueno, no hay problema hasta aquí.  Esta es la parte fácil.

¿Cómo llegué a la Antártida? Llegué porque alguien confió en mí, y durante más de un año estuve deseando ir.  Me explico.  El hombre que lidera este proyecto, desde que empezó a gestarlo en noviembre del 2013, no dejaba de darme porcentajes de cómo iba.  Es decir, empezamos con un 0%, y cada semana que pasaba algo, iba subiendo, 10%, 15%, incluso había días que bajaban estos porcentajes de posibilidades para que se dé el proyecto.

Se demoro tanto, porque lo que queríamos evitar es un «ir por ir».  Somos muy conscientes de lo que le cuesta al estado mandarnos ahí.  10 casas populares por persona, eso cuesta.  De ahí que no se tratase solo de algo personal, si no, que tuviese un claro sentido y beneficio para el país.

Esta letanía de porcentajes, de números agónicos, lo único que hizo en mi es incrementar mi ansiedad por ir, eso y la cantidad de veces que parecía que todo se iba al traste, y se caía el proyecto.  Fueron muchas las veces que pensé «hasta aquí llegamos».  Es bien difícil llegar.

¿Que sabía yo de la Antártida antes de involucrarme en este proyecto?  Había escuchado de la estación que tenemos allí abajo, pero en realidad no tenía ni idea de lo que era la antártica, peor de lo que significaba.

Mientras los porcentajes iban creciendo poco a poco, como un lento y agónico goteo de un grifo estropeado, me iban induciendo, me iban preparando para estar en la Antártida.  Al principio pensaba «que pesado este man, es un lugar y ya!».  Igual me hablaban y hablaban de que si te puedes morir, que si debes mantener la cabeza siempre en control, que si los tres minutos de vida si te caes al agua, en fin, un sin número de datos e información que caían y venían igual que los porcentajes del proyecto que yo iba digiriendo de la misma manera.  A veces creía, a veces no.

Durante casi un año padecí esta lenta agonía de datos y porcentajes, hasta que un día, sin darme mucha cuenta, mi jefe llego de Quito y me dijo «ya está, nos vamos».

Era el 5 de noviembre del 2014.  Un año después de empezar, parecía que se concretaba el sueño de ir a la Antártida.

Firmar un contrato, cerrar los rollos legales y hacer que se alineen dos ministerios y dos instituciones, es complicado, muy complicado.  Pero faltaba.

Cuando mi ansiedad ya estaba a la baja y relajada, empezaron las pruebas medicas, sicológicas y físicas.  Es complicado llegar a la Antártida, y más complicado se ponía, mas me atraía la idea de ir, de llegar.

Se empezaron a poner intensos conmigo, muy intensos.   Continuaron dándome mas y mas información, más datos, y esta vez si los tomaba en cuenta, los escuchaba con atención, ojo, que no quiere decir que los entendiera, pero estaba más presto a por lo menos escuchar.

Y llego el día.  Por fin partimos a la Antártida en un avión, eso sí, después de abortar la salida una vez, y pensar otra vez «hasta aquí llegue».

Pero no, llego el día y por fin partí hacia Punta Arenas, la primera parada obligatoria para llegar a la Antártida.

Después de llegar a Punta Arenas, me embarque en el Aquiles, un barco de la Armada Chilena que nos iba a llevar a la estación, eso si después de perder un conteiner, y estropearse las maquinas del barco, y casi caerse la expedición varias veces, otra vez.

Me creí la película de estar en la Antártida, una mañana fría después de 10 días de haber salido de Guayaquil, cuando salí de mi camarote y camine a babor, y me tope con todo blanco.  Ahí estaba, la Antártida, delante mío, con un frio diferente, con unos sonidos diferentes, una luz diferente.  Todo era diferente.

«Ya está», pensé, sin saber que no había llegado a nada, que no se acababa nada, sino todo lo contrario.  Ese día empezó todo.

Bajar del Aquiles, desembarcar, con un olor muy fuerte, el mismo que se percibe cuando estas cerca de las ballenas.  No tener mucho tiempo de pensar, porque estábamos grabando para «el fontanero» como dice mi jefe, mientras cavaban la nieve para poder abrir la estación.

Conseguir entrar después de varias horas, y asignarnos trabajos de limpieza.  Todo estaba lleno de humedad y moho.

En mi mente se repetían todos los datos y la información que me habían dado, pero todavía hacia una lectura muy plana, muy lineal de estos.  Seguía con mi chip de «es solo un lugar».

La primera noche en la estación, sinceramente me costó dormir, estaba entre alterado y muy emocionado.

Poco a poco pudimos, entre todos, conseguir que la habitabilidad se vaya tornando amigable, no sin antes pasar días fuertes, días duros, días en los que todos deseábamos llevar algo de nuestra civilización allá, a la Antártida.  Energía, luz, agua caliente, internet en fin, conseguimos adaptar el lugar a nosotros, y no al revés.  El hombre es el único animal que consigue eso, adaptar un ecosistema a él y no adaptarse él al ecosistema.

Quizás ahí, en esos días, sin darnos cuenta, son los días que empezamos a, inconscientemente, entender a la Antártida y sus dinámicas.

La rutina (por decirlo de una manera amigable) fue algo que llego.  Digo rutina a tener que salir después de un rancho a navegar por aguas antárticas para legar a islas llenas de pingüinos que no te huyen, al revés, se te acercan curiosos, sin miedo a verte.  Lugares donde te empiezas a sentir intruso y no dueño.  A eso le llamo «rutina».

Conseguimos nuestro objetivo, gravar las investigaciones que este país está haciendo en ese continente para nuestro beneficio.  Insecticidas bioamigables, biodiesel con algas, hacer compos mas rápido para conseguir abonos naturales, en fin, muchas investigaciones que cuestan mucho, y no hablo de dinero (que también) si no que cuestan mucho esfuerzo y trabajo.

No te voy a alargar el cuento, ni entrar en pormenores de la expedición y de lo que viví, de seguro las conoces mejor que yo y además  tampoco te quiero aburrir, como a todos los demás.

Fue al regresar que me detono todo este caos que llevo encima, fueron las horas de retorno las muchas horas de retorno las que me ayudaron a empezar a intentar entender que había vivido, que había pasado allí abajo.

Al volver a Guayaquil, a mi ecosistema, me está pasando algo muy curioso y que te quiero consultar.

No he parado de hablar de la Antártida desde mi llegada, sueño con ella todos los días, y recién creo empezar a entender lo que me ha pasado lo que he vivido.

En la Antártida aprendí a conectarme con la naturaleza.  En Guayaquil, mi ecosistema, conocido por mí, tan familiar, me cuesta comprender que hago aquí.  Saco mi tarjeta, pago mis cosas, vivo con mi celular, conectado, en fin, estoy rodeado de un montón de cosas creadas por el ser humano que nos atrofia el sentido de pertenencia, de conexión con nuestro real entorno, la naturaleza.

Cuando hay un atardecer, de esos de película, hermosos, cuando la naturaleza se muestra en su total magnitud, todos la apreciamos, hasta que llega un mensaje a nuestro celular, o tenemos que seguir corriendo a llegar a una cita.  Es decir, ella esta ahí, ella se muestra, pero mi pregunta es: ¿Que tan importante es ese mensaje, o esa reunión? ¿Donde están o donde ponemos nuestras prioridades? ¿Que es importante y que no lo es? o mejor, ¿A que le damos importancia y a que no?

Uno es consciente de lo que vale la vida, siempre y cuando tiene la muerte presente.  Para saber que está bien, debe existir el mal, para conocer el blanco debe estar el negro.  No es ni bueno ni malo, simplemente es.  Para saber que eres y que haces, debes conocer lo contrario, o intuirlo o verlo cerca, así valoras las cosas.

Aquí, nos sentimos el centro, somos el centro, todo gira en torno a nosotros, pero en realidad ¿La vida es así?¿Somos el centro, o giramos alrededor de algo? Aquí nos sentimos inmortales, la falsa seguridad que hemos creado como especie nos da esa sensación, por eso la muerte, una faceta irreversible y natural, nos parece un drama, cuando es lo único que sabemos va a pasar.  Bueno eso y que nacemos, del resto, no tenemos ni idea, pero creemos tenerla.

Quizás empiezo a entender porque todos me huyen como al hambre.  Mis dudas van mucho mas allá de «estuve en la Antártida», son, si quieres nombrarlas, existenciales.  Son sencillamente unas preguntas básicas que necesito alguien me ayude a responder.    ¿Quiénes somos? y ¿Que hacemos aquí?

Allá abajo, no hay ruido, la Antártida te ubica, no como centro, no desde tu sensación que todo gira alrededor tuyo, ella manda, ella decide, ella te ubica, ella dice que se puede que no y sobre todo cuando.  La muerte está presente siempre, en una playa, con un pingüino que está sirviendo de almuerzo a otro animal, en fin, está siempre inconscientemente presente.

Como lees mi cuestionamiento es serio y complejo, o tal vez tan sencillo que por eso necesito ayuda.

Levantarse todos los días, sin saber lo que es el dinero, levantarse con prioridades básicas, pero claras, y pedir (quizás a ti) que salga un buen día, y que podamos salir a navegar, o entender que tal vez hoy no quiere que naveguemos, son cosas que sigo soñando y sintiendo, pero estoy aquí, estoy en una ciudad donde todos esos códigos, todos las maneras de funcionar son conocidas y aprendidas, pero ahora se tornaron completamente desconocidas y a veces hasta absurdas para mí.

En la Antártida comprendí una frase que me repetían con insistencia, «la Antártida te conecta contigo mismo, no es un viaje físico, es un viaje interior».

Te quiero pedir que me ayudes a entender lo que me rodea, o que me ayudes a regresar a este medio.  Allí abajo, pese a que no soy muy devoto, no es difícil comprender tu existencia.  Ayúdame a que aquí, en este mi ecosistema de siempre tu presencia sea tan clara como allá.  Hasta el no creyente podía tener clara tu presencia allá, ¿Porque que aquí es tan difícil?

Solo se una cosa, si existes, estas en la Antártida, y aquí no te encuentro tan fácilmente, ayúdame, vuélveme a conectar con esta forma de vida como me conectaste con la Antártida.

saludos, y gracias por tu tiempo

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